Para un republicano o republicana no es agradable ver aparecer en el prime time de la noche del 24, tanto en las televisiones como en las radios, al símbolo de los contravalores de un sistema de estado como el republicano, que se caracteriza por la justicia social, la solidaridad territorial, la educación o la sanidad universales o la participación de la ciudadanía en la vida pública, amén de la elección democrática del jefe del estado.
Este ilustre inmigrante, ya nacionalizado y con papeles, se asoma a las cenas familiares para celebrar la noche buena para él y repetirnos cada año un aburrido correlato de puntos, que luego son objeto -otra repetición- de empalagosos aplausos por los que aceptan acríticamente que la jefatura del estado puede ejercerse a perpetuidad y además dejarla en herencia a los hijos (varones, of course), así como de que son incuestionables la gran cantidad de reales privilegios reales.
Este año, desde este espacio hemos conocido una iniciativa, de la que, dicho sea con sinceridad, hemos tratado infructuosamente de encontrar a sus autores, más que nada para felicitarles la ocurrencia, pero que gustosamente nos prestamos a extender.
Se trata de una propuesta que corre por Internet desde hace días, en la que sus promotores llaman a todo el que se quiera sumar a salir al balcón cacerola en mano y hacerla sonar ruidosamente mientras Juan Carlos Borbón se dirige a los españoles en su tradicional discurso del 24 de diciembre.
Los organizadores -anónimos- proponen que la cacerolada dure lo mismo que el discurso televisado. Así que el 24 a las 21, en vez de zambombas cacerolas republicanas.

































